Cualquiera que transite por la Puerta del Socorro, en la Ciudadela, pensará que se encuentra frente a un lugar bucólico y bello de la capital pamplonesa, sin ninguna connotación negativa. Ni se le pasará por la cabeza que estas piedras están teñidas de sangre, de la sangre de los ciudadanos que llevaban presos en el 36 los piquetes falangistas y tradicionalistas de la sublevación fascista. Apenas una pequeña placa semi escondida recuerda a los cientos de pamploneses que fusilaron en este lugar por el mero hecho de abrazar las ideas republicanas.

Para muchos de los pamploneses de entonces estos fusilamientos eran una suerte de espectáculo circense, en los que incluso los churreros se acercaban para vender sus productos a primeras horas de la mañana. Marino Ayerra, cura de Altsasu y autor del imprescindible libro “No me avergoncé del Evangelio”, relata así estos acontecimientos: “Todos los días por la mañana podían verse personas piadosas que, antes o después de comulgar, acudían a la Vuelta del Castillo a presenciar ejecuciones de los “rojos” que se hacían públicamente. Ciertas monjitas de Pamplona enviaban a sus fámulas a presenciar las ejecuciones de los “malos”. Las fámulas volvían comentando lo valiente que había estado el uno, lo cobarde que había estado el otro”

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