En 1953, uno de los pequeños pueblos que rodeaban la Comarca de Pamplona, Etxabakoiz (Casa solitaria en euskera), decidió por referéndum integrarse como un barrio más de la capital navarra, en la creencia falsa de que iban a recibir un trato mejor al que obtenían dentro de la Cendea de Cizur. Los empresarios de la zona se posicionaron en contra, al igual que la propia Cendea. Pero el proceso se fraguó, y la emigración andaluza y extremeña, así como la procedente de otros pueblos de la provincia multiplicaron rápidamente la población de este enclave. Hoy, paseando por sus calles, alegra la vista contemplar como sus habitantes conservan aún la vida social que va desapareciendo de las ciudades: niños que juegan con sus bicicletas con el barrio entero como pista de juego, familias que charlan y discuten en las calles, gorriones que revolotean sobre las cabezas de los jubilados que miran hacia las chimeneas de Inquinasa…

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