Paseaba por Uharte, por un camino que bordea el cauce del río Arga. Vi a estos dos árboles y me sentí ante un par de bailarines de Tango, disfrutando a cámara lenta del frenesí de sensualidad que proporciona este baile. Lo del cabezazo que me di contra otro árbol acaeció segundos después. Definitivamente, mi forma de bailar el tango es un poco más ruda que la de los porteños.

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