Hay días y temperaturas que no invitan ni a fijarse en piedras ni a embelesamiento artístico alguno. Te escondes bajo tu abrigo, te introduces en él, y cruzas la ciudad como un rayo, porque el objetivo de tu marcha no es divagar sino llegar a algún lado, cuanto antes mejor, porque hace un frío que pela.

Hoy, mientras caminaba por la vieja Lizarra, con un viento racheado y la lluvia golpeando contra mi cuerpo, he sacado la cabecita del abrigo y he pulsado unas cuantas veces al botón de la cámara, para retratar a la luz de las farolas la iglesia de San Pedro, el palacio de los Reyes de Navarra, la calle San Nicolás, el convento de Santo Domingo, el río Ega, o el bar de El Che.

-Hoy ponme un carajillo -le he indicado al camarero al hacer una parada en el camino.

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