Algunos lo ven como algo negativo, pero a mí me parece todo lo contrario. Una de las mayores grandezas de nuestras fiestas radica en la capacidad que demuestran para acoger a aquellos ciudadanos que ocupan los últimos escalafones sociales, y que, para subsistir, se ven empujados a llevar un modo de vida itinerante que, en ocasiones, acaricia los límites de la legalidad, que no de la ética. Son grupos de gente que tienen vedado el ingreso al mercado laboral del país que los acoge, y que deben buscarse el sustento como pueden. Se trata de los jornaleros de la actualidad, que se mueven según donde esté la cosecha en ese momento; y en Pamplona se suele cosechar del 6 al 14 de julio.

En las fotografías, un grupo de recicladores de origen rumano en el coso taurino pamplonés, después de una corrida. Aqui se juntan dos mundos pertenecientes a una misma sociedad, el mundo del exceso y el de la escasez.

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